Nuestro mayor problema no es ningún filisteo incircunciso de nuestra época, sino la maldición del pecado, la muerte y el diablo, y más aún, la ira de Dios contra nosotros a causa de nuestra propia culpa ante él. Esta historia no nos enseña a intentar ser David contra nuestro propio Goliat, sino a confiar en el Hijo de David, que fue a la cruz para matar a nuestros grandes enemigos, así como para reconciliarnos con el Padre tomando sobre sí la ira de Dios en nuestro lugar.
Un campeón salió a la batalla por ti, y confiando en su victoria, encontrarás la salvación.