El signo de la circuncisión era una marca en el órgano reproductor masculino que servía como recordatorio perpetuo de que Dios había prometido ser Dios no sólo a Abraham, sino también a los hijos de Abraham, a lo largo de sus generaciones ( Gen. 17:1-14). Y, en última instancia, la esperanza de Israel era que su procreación conduciría finalmente a la descendencia prometida de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente ( Gen. 3:15), restaurando la bondad original de la creación que se perdió en la caída.
Hoy, si eres de Cristo, eres descendiente de Abraham y puedes heredar todo el mundo, según la promesa (Gal. 3:29).