Algunas personas viven -y mueren- por su belleza, su fuerza o su riqueza. David, en cambio, nos da una idea de lo que significa tener un corazón que sigue al Señor. No significa que seamos perfectos, sino que vivimos conscientemente toda nuestra vida ante Dios. Cuando pecamos, nos arrepentimos y confiamos en Jesús para que nos perdone nuestros pecados. Cuando sufrimos, pedimos la misericordia de Dios. Cuando otros nos injurian, esperamos la justicia de Dios. En lugar de depender de nuestras apariencias externas, nuestros corazones deben confiar en Jehová.