Nuestras vidas deben caracterizarse por el amor a los demás -no por la preocupación por la supervivencia o la comodidad- y nuestras palabras deben reflejar ese amor. Es decir, debemos proteger a nuestros prójimos con nuestras palabras, como mínimo absteniéndonos de dar falso testimonio contra ellos, pero sobre todo con una compasión abnegada. Recuerda que incluso cuando Jesús hubiera podido usar sus palabras para protegerse de la cruz, se negó a hacerlo para dar su vida por nosotros. Hay momentos para proteger y momentos para sufrir, y necesitamos que la palabra de Dios y el Espíritu de Dios nos den la sabiduría para saber la diferencia.