La súplica agonizante de Moisés apunta hacia la comunión con Dios, primero a través de la alianza temporal que el pueblo de Dios rompería, pero finalmente a través del pacto eterno ratificado con la sangre preciosa de nuestro Gran Pastor de ovejas. Y de acuerdo con este pacto, que el Dios de la paz “os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (Heb. 13: 21).