De la historia de Acán aprendemos dos cosas: (1) nuestro pecado requiere toda la ira de Dios como juicio, y (2) hasta que alguien pague ese castigo, Jehová no puede volverse de su ardiente ira contra nosotros.
Pero esta historia también plantea una pregunta: ¿Qué clase de mediador se necesitaría para eliminar el juicio de Dios sobre todos los culpables, de modo que nosotros mismos no seamos anatema, como le ocurrió a Acán?