En el Nuevo Testamento leemos acerca del hombre que habitó (lit. “tabernaculó“; Juan 1:14) entre nosotros, que afirmó que su cuerpo era el templo (Juan 2:19-22). Luego leemos que somos templo de Dios (1 Co. 3:16-17), construidos como morada del Espíritu de Dios (Ef. 2:19-22). Semana tras semana, al reunirnos en el nombre de Jesús en el Día del Señor, somos la morada colectiva de Dios. “¡Celebremos, pues, la fiesta!” (1 Cor. 5:8).