Aunque ya no miramos al arca de la alianza para dirigir nuestros pasos, esta historia nos recuerda la centralidad del pacto escrito de Dios con nosotros en su palabra, un pacto inaugurado por la sangre rociada del propio Jesucristo. Aunque Jesucristo esté sentado a la diestra de su Padre y no nos guíe físicamente, debemos, no obstante, mirarle por la fe para que guíe nuestros pasos.